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17 enero, 2008

De visita. (II)

Ñieeeec…ñieeeec… cada viejo peldaño de aquella escalera de madera que ascendía lentamente Gutiérrez parecía quejarse más que el anterior. Ñieeeeec… ñieeeeec… ensimismado en sus pensamientos, Gutiérrez parecía que supiera el camino de memoria, que tuviera en mente el número exacto de escalones o que hubiera diseñado él mismo el edificio. Ñieeeec…o todo a la vez. Ñieeeeec… ñieeeec…¡¡Crac!! ¡Mierda! –maldijo Gutiérrez al ver su pie derecho atrapado en un escalón. Fenderson, mamón, adónde me traes, desgraciao. Por más que lo intentaba, el pie no salía del agujero, aquel punto negro en medio de la inmensa negrura. Los ánimos de Gutiérrez se encrespaban por momentos cuando una mano tocó su hombro izquierdo. ¡Ven! Del sobresalto, Gutiérrez se retorció de tal manera que acabó cayendo de espaldas sobre la escalera. Bonito giro. Gutiérrez, jadeante, reconoció la voz. ¡Fenderson! ¡Me cago en tus muertos, so cabrón!

12 enero, 2008

De visita.

Sólo tres coches y medio habían pasado por la Avenida Luna y Sol en varios días. La vía llevaba prácticamente abandonada desde el estallido de la bomba unos meses antes. El lugar de la explosión estaba a una decena de kilómetros de allí, por lo que la otrora vibrante Avenida Luna y Sol no era ahora más que un páramo abandonado por el que sólo se transitaba si no había más remedio. Y Gutiérrez no había tenido más remedio, pues Fenderson se había empeñado en que fuera a su casa y, cómo no, ésta se encontraba en aquella avenida yerma.
Hallábase Gutiérrez frente al portal del número 901 rodeado de un cementerio de asfalto, cemento y ladrillo. El esplendoroso portón de entrada hablaba de un brillante pasado, un pasado que no concordaba con la posibilidad de que Fenderson hubiera vivido allí antes de la bomba. Imposible. ¿En la Avenida Luna y Sol? Del todo imposible. Gutiérrez entró sin llamar, como le había indicado Fenderson, y comenzó a subir lentamente las escaleras hasta ser absorbido por la oscuridad.

07 enero, 2008

Tiempo muerto: desde el despacho.

Ya no quedaba nadie en la oficina. Ni tan siquiera Sarmiento, que a veces se quedaba adelantando algún informe o reorganizando su organizadísimo escritorio. El Papas Fritas se vio a las 23:40 solo, observando minuciosamente cada rincón de la estancia gris. La oficina era prácticamente idéntica a la anterior. El mismo mobiliario, la misma disposición, el mismo olor, los mismos ficus de plástico en las esquinas. Incluso el desorden en los escritorios de Gutiérrez y Fenderson era el mismo. ¡Qué gente! -pensó el Papas fritas. Él, al menos, había introducido algunas modificaciones en su despacho no sólo porque le hubiera dado por ahí, sino porque no soportaba que fuera calcado al anterior.
Eso le pesaba mucho, casi tanto como el verse separado de sus compañeros de trabajo, que era como él los veía. Compañeros de trabajo, no subordinados. No es que pretendiera ser otro más, pues él tenía bien clara su posición y su responsabilidad, pero aún pensaba que él era el entrenador de unos jugadores de un mismo equipo. Sin embargo, pronto le abatió de súbito el darse cuenta de que no conocía nada de aquel equipo al que pretendía representar, ni tampoco a sus jugadores más allá de lo que pudiera deducir de ellos mediante la observación de sus escritorios.

Apático, el Papas Fritas apagó su ordenador, agarró su largo abrigo gris y se enfundó en él con la parsimonia de quien piensa que nada cambiaría al día siguiente.

03 enero, 2008

Diario de Fenderson. Página 1.

El del espejo también soy yo. El del espejo también soy yo. No es otro. Soy yo. Yo soy el del espejo, no otro, sino yo. Yo del revés, pero yo al fin y al cabo. El del espejo, en definitiva, también soy yo. Esto no debo olvidarlo nunca. Y nunca significa nunca. ¿Nunca significa nunca? Quizá debería haber entrecomillado la palabra, pero no me apetece. Un yogur. Uno de fresa y plátano. Eso sí que me apetece. Y después un café con leche. La leche montada, claro. Sí, yogur y café con leche. Voy a la cocina a tomarme un yogur de fresa y plátano y a prepararme un café con la leche montada. Un magnífico plan para celebrar esta primera página de mi diario en este recién estrenado año. Por cierto, como no pedí ningún deseo en Nochevieja, no creo que haya problema en pedirlo ahora: sólo deseo no cruzarme con el tío ése con el que siempre coincido en el espejo del pasillo.

26 diciembre, 2007

El color del dinero.

El color del dinero es el blanco, suma de todos los colores del espectro cromático.
Esto incluye al llamado dinero negro.


Las letras resplandecientes y nítidas se reconvirtieron, para sobresalto del Papas Fritas, en el cartel que indicaba el despacho del Supervisor de Área. ¿Qué habría querido decir tal treta de su subconsciente? Porque el Papas Fritas, llamado prudente por la propia Prudencia, achacaba sistemáticamente a su subconsciente la culpa de provocarle lo que él denominaba "incidentes" de manera genérica, sin conceder mayor importancia. ¡Y eso pese a que vivía tres o cuatro de éstos cada día!

24 diciembre, 2007

Diario de Gutiérrez. Página 1.

Una tarde, mirando a la calle a través del ventanal de mi cafetería favorita, vi a un tipo caminando decididamente. En ese preciso instante, me propuse cambiar mi papel y ser yo el que a las siete menos catorce minutos de todos los días del resto de mi vida tuviera algo mejor que hacer que mirar a través del ventanal de una decadente cafetería esperando a que ocurriera algo.
Sin embargo, lo que ignoraba por completo en aquel momento fue que aquella decisión supondría el primer paso en el camino que me llevaría a redescubrirme en todos y cada uno de los pasos que sucedieron a aquél.


Satisfecho, Gutiérrez guardó su diario con la certeza de haber dado con su epitafio y se acostó con la determinación de comenzar a hacer a partir de la mañana siguiente todo lo necesario para dotar a aquellas palabras de hechos que dieran fe de lo que afirmaban tan rotundamente.

19 noviembre, 2007

Vuelta al tajo. Tercer y definitivo asalto.

Despertó Gutiérrez sin entender nada. Su habitación, su piso... todo impoluto y ordenado. Hasta se vio favorecido al mirarse en el espejo del cuarto de baño. ¿Qué demonios había ocurrido? No tenía recuerdos fiables de los últimos cuatro meses y eso le provocó tal indignación que prefirió no escuchar las noticias para no empeorar las cosas. "Bastante tengo con que sea lunes" -pensó.

Media hora después, de camino a la oficina, Gutiérrez iba pensando en un sueño que había tenido poco antes de despertar cuando alguien le llamó con gran entusiasmo. "¡Gutiérrez! ¡Eh, Gutiérrez!" Como no podía ser de otra manera, bajo una desconcertante cantidad de prendas de abrigo en tonos ocres y verdes pálidos provenía la inconfundible y cálida voz de Fenderson, lo más cercano a un amigo que tenía Gutiérrez en la oficina. Fenderson no dudó en abrazar a un Gutiérrez agradablemente sorprendido. "Vayamos a desayunar antes de entrar a la oficina, que vamos bien de tiempo" -dijo en respuesta Gutiérrez. Fenderson asintió.

Tras charlar de sus cosas, ambos se encaminaron hacia la oficina. El enorme edificio de la EmpreSA engullía y regurgitaba miles de almas cada día en silente coreografía, prueba objetiva de su mayor evolución frente a otros edificios destinados a acoger a grandes masas humanas tales como colegios, institutos y facultades, los cuales permiten más ruido a cambio de una sumisión fáctica. Ya en el interior, Gutiérrez sintió cierta empatía con el inmueble, no como la que puede sentirse en la casa de una abuela, en la de una amiga o en la propia, pero no por ello desagradable. Aunque sin duda alguna, el codazo involuntario que le propinó Sarmiento para adelantarse a saludar al Papas Fritas fue lo que definitivamente convenció a Gutiérrez para decirse: "Sí, he vuelto de verdad".